La tumba de una madre y la lucha por obtener días de enfermedad pagados

Por José Macías

Si los días de enfermedad pagados hubieran existido antes de que el Senado estatal pasara la propuesta de ley SB312 este 10 de mayo, mi madre, Tomasita, todavía podría estar viva.

Ella nunca tuvo días de enfermedad pagados, aun después de haber sido una trabajadora leal y confiable por más de una década en una empresa de Nevada, donde ganaba $8.25 la hora. Uno de sus mayores temores era enfermarse porque tomar un día libre nunca fue una opción real para ella.

Cuando se vive con salarios tan bajos, no hay acceso a días de enfermedad pagados, y se tiene una familia que mantener, no hay descansos.

Esa era la situación hasta que un día mi madre se empezó a sentir enferma. Conforme pasaban los días, su enfermedad empeoraba. Después de haberse sentido muy mal y débil un día tras otro, una vez más se puso su uniforme y se fue a trabajar. No tenía otra opción mas que esperar a que se le pasara, como lo había hecho con todas las otras enfermedades que había tenido.

Nunca esperé que esa mañana sería la última vez que abrazaría a mi madre. A las pocas horas de esa despedida, ella colapsó mientras limpiaba tazas del baño. Mi madre habría sufrido un derrame cerebral y quedó inconsciente. Nunca despertó.

Perder a una madre a tan temprana edad — yo tenía 25 años y mis hermanos, 21 y 24 — es lo más difícil que he tenido que vivir, especialmente sabiendo en mi corazón que eso se podría haber prevenido si mi mamá hubiera tenido la opción financiera de darle prioridad a su salud y después a su trabajo.

Mi madre pasó toda una vida tratando de ignorar cada dolor porque quedarse en casa y descansar aunque fuera un día significaba que no hubiéramos tenido suficiente dinero para pagar nuestras facturas y tener comida en la mesa.

No era inusual ver a mi madre literalmente arrastrar sus pies antes de irse a trabajar, porque sin importar qué tan mal se sentía, sabía que tomarse un día libre realmente no era una opción. A mi padre lo habían corrido del trabajo y mamá asumió el ideal de un matriarcado sólido: proveer y apoyar a la familia a cualquier costo.

Quizá vale la pena recordar también que mi mamá no solo no pudo tomar un día libre para cuidarse, tampoco se pudo quedar en casa con nosotros ni llevarnos al doctor cuando éramos niños y nos enfermamos.

Supongo que es inevitable sentirse culpable de que mi madre, literalmente, trabajara hasta la muerte por mí y por mi familia.

Después de su derrame cerebral, mi mamá estuvo en coma por un mes. La visité todos los días, deseando escuchar su voz, aunque fuera solo una vez más. Después de varias semanas y sin que los doctores nos dieran esperanzas, me vi forzado a despedirme de mi madre y darle un último beso.

Perder a mi madre, a mi mejor amiga y a mi más grande apoyo fue profundamente doloroso.

Sé que tener días de enfermedad pagados no me regresará a mi Tomasita, pero tal vez ayudaría a prevenir a que otro hijo pierda a su madre, o que una persona pierda a su pareja por tener que poner el trabajo como prioridad en vez de su salud, simplemente porque no se pueden dar el lujo de enfermarse.

José Macías ha vivido en Nevada desde los nueve años. Es organizador en Make the Road Nevada.

El anterior es un texto de opinión que ha sido editado para extensión y claridad a partir de una versión en inglés. The Nevada Independent no endorsa contenidos de opinión, pero invita a sus lectores a enviar textos con sus puntos de vista para consideración de los editores. Mande su texto con atención a Luz Gray, editora asociada: luz@thenvindy.com